Un diamante y la mina de tu lápiz son la misma cosa: carbono. Que uno valga céntimos y el otro 72 millones de dólares lo decidió una sola empresa.
Durante más de un siglo, De Beers controló cuántos diamantes llegaban al mercado, a qué precio y por qué teníamos que desearlos. De este modo, convirtió una piedra corriente en el símbolo del amor romántico.
Pero ese mismo sistema opaco permitió que los diamantes acabaran financiando algunas de las guerras más sangrientas de África. Ahora, el auge de los diamantes sintéticos ha puesto en jaque el monopolio más rentable de la historia.
Hoy, en "No es el fin del mundo", hablamos de los diamantes: la caída de un imperio millonario.
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